Los libros.
Siempre le tuve cariño a los libros, como objeto. Últimamente, como signo de haber cruzado el umbral que me separa de los jóvenes, ese cariño se ha convertido en una especie de enamoramiento basado en la belleza de los libros. Y no me refiero a los libros de bonitas cubiertas, cajas de texto amplias, preciosas fuentes tipográficas, o a las ediciones de un papel tan tierno que parece un insulto abrirlos para leerlos. Eso me parece del todo evidente. Tampoco me refiero a aquellos que están bellamente escritos. La belleza a la que me refiero aparece cuando un librero me recomienda un libro, cuando le presto uno a un amigo, cuando lo regalo para un cumpleaños, cuando llega desde la imprenta el nuevo libro de la colección, cuando me envían desde España un libro lleno de dedicatorias amorosas, cuando mi mamá me ordena los libros que aún me quedan en su casa, cuando mi amiga ensayista me cuenta sobre su próximo libro, cuando compro un libro usado a la mitad de su precio original, cuando me da ganas de mirar los mapas de la Tierra Media en una preciosa edición de Tolkien de bordes dorados, cuando voy al persa un sábado por la mañana a buscar algún libro de Leibniz, cuando pongo el punto final de mi tesis, cuando en una fiesta nos ponemos a hablar de un libro, cuando me siento a escribir toda la madrugada un ensayito sobre la comedia y me mato de risa con mis propios chistes, cuando en clases le digo a mis estudiantes que si ellos no leen nadie lo hará, cuando miro con orgullo mi biblioteca y pienso en lo triste que debe ser la vida de alguien que no tiene libros en su casa, sea por imposibilidad o por decisión.
El fascismo, como muy bien lo definió Il Duce, es el urgente llamado a la acción. Y los libros son todo lo contrario a ese urgente llamado: no existen en el reino de la urgencia, menos aún en el de las acciones. Suelo reírme de esos escritores que, con toda seriedad, me dicen: «es urgente publicar un libro sobre esto». ¿Qué va a ser urgente? La creencia de que los libros cambian el mundo, siempre me pareció absurda. Quizá equivalente a un matrimonio en estado crítico que decide tener un hijo para salvar los muebles recién comprados. Los libros no transforman el mundo: son el mundo. Lo que cambian, no lo podemos ver: como el agua para los peces, los libros son todo lo que somos. Objetos violentos que educan al animal que somos en contra de lo que desea: animal pobre que podría conformarse con tener comida y un trabajo, que le permita comprar más comida.
Recuerdo la anécdota de mi abuela, que se la pasaba leyendo, y su abuelo le decía que era floja, que mejor se fuera a trabajar la tierra con el arado. Eran otros tiempos, terribles, peores, injustos. Desde muy pequeño, por suerte, me regalaron libros. Mi querido tío, Julio Velasco, un intelectual nacionalista, superviviente de la matanza del seguro obrero, amigo de Hermann Hesse y Miguel Serrano, esoterista que me enseñó las artes de la adivinación y la telekinesis, me otorgó el antídoto necesario para combatir la idea que siempre vuelve: mientras más la persona se educa, más de izquierda es. Yo sé que eso no es así, pero no porque las personas más educadas que he conocido sean re fachas, sino porque el fascismo no es necesariamente de derecha.
Por supuesto, escribo esto por la vergüenza que me provoca ver al presidente de mi país decir con total seriedad que los libros no producen trabajo. Me apena, pero no porque eso no sea cierto (¿sabrá que toda su vida ha tenido trabajo gracias a un libro, EL LIBRO?), sino porque la máxima autoridad de la nación afirma, a nombre de esa nación, que los libros (es decir, el mundo, mi mundo, mis libros, mis amigos, mis amores) no valen la pena. No dice que sean inútiles (la inutilidad es una virtud), sino que dice que no producen trabajo. Y la verdad es que no podría esperar algo de un fanático religioso que estudió leyes en la universidad pontificia, un desposeído de las virtudes mínimas del pueblo, entre las que se cuenta la humildad ante la ignorancia. Me apena por ellos, que no puedan gozar de mi alegría diaria de leer, de escribir, de conversar sobre libros, de contemplarlos con orgullo y de entender lo fantástica que es la vida y su cultivo.
Hace poco, escuché a alguien de similares características al mandatario decir con orgullo que no tenía idea dónde queda la casa centra de la Universidad de Chile: «no conozco el centro de la ciudad», pronunciaba con orgullo, mientras los animales igual de poco educados a su alrededor le correspondían la risa con una sonrisa. El placer de no saber, el orgullo de la ignorancia, se ha instaurado como regla de nuestros tiempos, y contra eso solo queda hacer lo contrario a la acción: leer y escribir, educarse, hacer el intento por comprender lo difícil, lo complejo, lo que no entendimos a la primera.
Si quiere alejarse un poquito del fascismo hoy, le recomiendo regalarse un libro. Se siente muy bien.
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