2.1
2.1. Venganza - Vindicare, vis, dicere. Fuerza, fuerza que dice, violencia, fuerza dicha sin medida, exhibición de fuerza, potencia, fuerza que no está canalizada, como el río que se desborda, pérdida del borde, borradura del borde, del límite, de la medida. Fuerza que dice sin finalidad, que dice algo específico: «quiero la sangre de vuelta, la derramaste». Grito violento que exige el cumplimiento de lo pactado. No es en nombre de ninguna ley, sino de un acuerdo dado por el hecho de existir juntos, de existir reunidos. Fuerza que, en la forma de un grito, dice que algo cambió: «tu derramamiento de sangre cambia el orden de las cosas».
Ese es el trabajo de Némesis y sus hermanas, las Erinias, hijas de la Noche. Aparecen con enojo para mostrar que lo que somos ya no lo somos, que decidimos cambiar, que nos transformamos. Retribuyen en un sentido profundo: redistribuyen el orden de las cosas con su grito. No distribuyen, reordenan. La ruptura del acuerdo ancestral, del acuerdo primigenio, las hace aparecer y gritar, con ese grito que reordena. Venganza. Piden la sangre de vuelta, la sangre que la comunidad le dio al trasgresor, reivindican. Traen de vuelta, reúnen de nuevo. Reordenan lo común. Las Erinias gritan, hacen escándalo, porque quieren la sangre de vuelta: les parece increíble que alguien rompa el pacto, les resulta excesivamente grosero que alguien pase el límite que acordamos no pasar. Exageran, las Erinias, hijas de la Noche. No actúan a nombre individual, se indignan por todos, por lo común, en honor a lo que es común. No pueden creer el presente en que viven. Entonces, quieren la sangre de vuelta, para reordenar. Ya veremos qué orden merecemos, pero no es este.
La venganza no es lo opuesto al derecho. Tampoco es su forma ilegítima, por el contrario: ambas son formas históricas de la justicia, es decir, del orden que las comunidades se dan. La transformación de las Erinias en Euménides no representa el paso de la venganza al derecho, sino algo muy parecido a lo contrario de esa escena. La transformación de las hijas de la Noche muestra la fragilidad del orden: ya no gritan, sino que ponen en escena el la futilidad del mundo. La de Esquilo es una genuina tragedia: no hay final feliz de Orestes, hay demostración de una verdad terrible. «Lo sólido, el fundamento, ya no está». ¿Ya no hay nada por debajo nuestro? Por el contrario: la falta del fundamento nos exige un compromiso radical con el presente.
Ese es el trabajo de Némesis y sus hermanas, las Erinias, hijas de la Noche. Aparecen con enojo para mostrar que lo que somos ya no lo somos, que decidimos cambiar, que nos transformamos. Retribuyen en un sentido profundo: redistribuyen el orden de las cosas con su grito. No distribuyen, reordenan. La ruptura del acuerdo ancestral, del acuerdo primigenio, las hace aparecer y gritar, con ese grito que reordena. Venganza. Piden la sangre de vuelta, la sangre que la comunidad le dio al trasgresor, reivindican. Traen de vuelta, reúnen de nuevo. Reordenan lo común. Las Erinias gritan, hacen escándalo, porque quieren la sangre de vuelta: les parece increíble que alguien rompa el pacto, les resulta excesivamente grosero que alguien pase el límite que acordamos no pasar. Exageran, las Erinias, hijas de la Noche. No actúan a nombre individual, se indignan por todos, por lo común, en honor a lo que es común. No pueden creer el presente en que viven. Entonces, quieren la sangre de vuelta, para reordenar. Ya veremos qué orden merecemos, pero no es este.
La venganza no es lo opuesto al derecho. Tampoco es su forma ilegítima, por el contrario: ambas son formas históricas de la justicia, es decir, del orden que las comunidades se dan. La transformación de las Erinias en Euménides no representa el paso de la venganza al derecho, sino algo muy parecido a lo contrario de esa escena. La transformación de las hijas de la Noche muestra la fragilidad del orden: ya no gritan, sino que ponen en escena el la futilidad del mundo. La de Esquilo es una genuina tragedia: no hay final feliz de Orestes, hay demostración de una verdad terrible. «Lo sólido, el fundamento, ya no está». ¿Ya no hay nada por debajo nuestro? Por el contrario: la falta del fundamento nos exige un compromiso radical con el presente.
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