5.1
5.1. Hay quienes subordinan la historia a la verdad. Que la historia sería la disciplina que determina los hechos verdaderos del pasado o que, a lo menos, es la disciplina que permite delimitar las condiciones por las cuales esos hechos pueden ser considerados como verdaderos por una comunidad. El presupuesto de esa concepción de la historia es la valoración absoluta de la verdad, como algo que puede ser descubierto y que está por fuera de lo que somos.
Ya con Platón la idea de la verdad es la clave: la caverna es oscura, o al menos no le llega la luz del sol, la verdadera luz. La luz propia de la caverna es una luz falsa, la de las antorchas que iluminan tenuemente las imágenes productoras de sombras. En esta figura, la verdad ilumina el pasado que constituye la historia. Es así como leyó Aristóteles a su maestro y amigo Platón.
Sin embargo, hay otro Platón, hay otra forma de la historia. Su maestro, Sócrates, pensaba que Platón debía realizar su sueño y su destino: ser un gran dramaturgo, un hombre de teatro que compartiría laureles con Sófocles y Esquilo. El Platón dramaturgo exige otros ojos: ya no los ojos de la verdad, sino los del teatro (théatron, lugar que se mira). Ya no la verdad sino la puesta en escena; ya no la luz del sol, sino la tenue luz de la caverna. Eso nos hace ver a Platón con otros ojos: ya no es un filósofo que define, ordena, categoriza y determina en sus tratados, sino uno que pone en escena las ideas, que les otorga voces y máscaras. «Platón dijo...» es una frase que pierde valor y sentido: ¿lo dijo Platón, o Sócrates? ¿Lo dijo Sócrates, o la versión que Platón puso en escena de su maestros? ¿No lo dijo Trasímaco? ¿Critón, acaso? ¿No fue ironía de Sócrates? ¿No será que Critón lo dice de ese modo para expresar otra cosa? ¿Eso fue irónico?
La verdad del lenguaje teatral se pierde en las capas gestuales del escenario.
Ya con Platón la idea de la verdad es la clave: la caverna es oscura, o al menos no le llega la luz del sol, la verdadera luz. La luz propia de la caverna es una luz falsa, la de las antorchas que iluminan tenuemente las imágenes productoras de sombras. En esta figura, la verdad ilumina el pasado que constituye la historia. Es así como leyó Aristóteles a su maestro y amigo Platón.
Sin embargo, hay otro Platón, hay otra forma de la historia. Su maestro, Sócrates, pensaba que Platón debía realizar su sueño y su destino: ser un gran dramaturgo, un hombre de teatro que compartiría laureles con Sófocles y Esquilo. El Platón dramaturgo exige otros ojos: ya no los ojos de la verdad, sino los del teatro (théatron, lugar que se mira). Ya no la verdad sino la puesta en escena; ya no la luz del sol, sino la tenue luz de la caverna. Eso nos hace ver a Platón con otros ojos: ya no es un filósofo que define, ordena, categoriza y determina en sus tratados, sino uno que pone en escena las ideas, que les otorga voces y máscaras. «Platón dijo...» es una frase que pierde valor y sentido: ¿lo dijo Platón, o Sócrates? ¿Lo dijo Sócrates, o la versión que Platón puso en escena de su maestros? ¿No lo dijo Trasímaco? ¿Critón, acaso? ¿No fue ironía de Sócrates? ¿No será que Critón lo dice de ese modo para expresar otra cosa? ¿Eso fue irónico?
La verdad del lenguaje teatral se pierde en las capas gestuales del escenario.
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