5.2
5.2. «Salvador Allende se suicidó». Hay quienes buscan desmentir esa afirmación con argumentos materiales, sin entender que esa no es una que forme parte del ámbito profano: es un mito. En el libro Allende. Autopsia de un crimen (Francisco Marín y Luis Ravanal, 2023) argumentan de manera desbordante, en términos forenses, que Allende fue asesinado. La tesis principal se sustenta en las "dos balas": en su pecho y cráneo se encuentran balas de dos armas diferentes, ambas distintas de la supuesta arma suicida (aquella ametralladora que le regaló Fidel Castro en su visita a Chile).
La tesis forense de las dos balas busca refutar un mito con pruebas materiales, con hechos. Este error categorial es bien entendido en por Pablo Larraín: Post Mortem (2010) supone que Allende se suicidó y -lo más importante- el informe forense no es contradicho ni ocultado por los militares dueños del golpe de estado. La tesis del suicidio se ubica en el plano de la teología política, no de la criminología. Es de esas tesis que constituyen un pueblo: no sólo al pueblo de izquierda, sino al pueblo en disenso. Es una tesis que pone en escena al pueblo, en tanto movimiento de energías disidentes. En ese sentido, el suicidio de Allende es un acto mítico.
Los actos míticos son constituyentes de lo político y no responden al criterio verdadero/falso, sino a un criterio más parecido al de los actos de habla performativos, con ciertas diferencias. Mientras J. L. Austin definió los actos performativos en base al criterio éxito/fracaso, los actos míticos expresan su éxito en la constitución de un pueblo, de lo político: no de un pueblo específico, sino del desacuerdo que funda el encuentro en lo común. Un acto mítico como este no instituye una verdad, sino que formula un problema: si Allende se suicidó, lo hizo para evitar una guerra civil y salvar al pueblo de Chile (lectura del héroe); Allende se suicidó para evitar sus responsabilidades políticas (lectura del cobarde). Esa diferencia de lecturas no es el problema. Si a Allende lo asesinaron, se acabó por la vía de la violencia con la democracia; si a Allende lo mataron, no hay salvación, sino terror. Más allá del heroísmo y la cobardía, hay terror y destrucción de la democracia, razón por la cual la tesis del suicidio se vuelve irrelevante (no es necesaria para restar legitimidad política la dictadura). El problema constitutivo, el problema de fondo es otro: ¿por qué la dictadura y sus sistema de poder no se adjudicó, incluso ya derrotados en su juego, la muerte del enemigo? ¿Por qué no se hicieron del discurso médico para estar de lado de la verdad?
Lo que está más al fondo de la tesis del suicidio es algo que no puede ser desmentido por hechos, ya que responde a una arquitectura teológica: Allende se suicidó, lo hizo con dos armas diferentes, recibiendo dos balas. Sólo Allende pudo hacer lo imposible, superar la diferencia ontológica que impone la verdad, precisamente porque "Allende" no es Allende. Creer que una persona es la responsable de la historia de un pueblo es la expresión de una lectura bruta y sin carácter: Allende no es más que la lectura que un pueblo hace de sí mismo, de su presente. Buscar hechos materiales en el pasado para derribar un mito expresa una incomprensión de lo que un mito es: la forma en que un pueblo se hace soberano, se otorga un origen y se da el derecho legítimo de leerse a sí mismo.
La tesis forense de las dos balas busca refutar un mito con pruebas materiales, con hechos. Este error categorial es bien entendido en por Pablo Larraín: Post Mortem (2010) supone que Allende se suicidó y -lo más importante- el informe forense no es contradicho ni ocultado por los militares dueños del golpe de estado. La tesis del suicidio se ubica en el plano de la teología política, no de la criminología. Es de esas tesis que constituyen un pueblo: no sólo al pueblo de izquierda, sino al pueblo en disenso. Es una tesis que pone en escena al pueblo, en tanto movimiento de energías disidentes. En ese sentido, el suicidio de Allende es un acto mítico.
Los actos míticos son constituyentes de lo político y no responden al criterio verdadero/falso, sino a un criterio más parecido al de los actos de habla performativos, con ciertas diferencias. Mientras J. L. Austin definió los actos performativos en base al criterio éxito/fracaso, los actos míticos expresan su éxito en la constitución de un pueblo, de lo político: no de un pueblo específico, sino del desacuerdo que funda el encuentro en lo común. Un acto mítico como este no instituye una verdad, sino que formula un problema: si Allende se suicidó, lo hizo para evitar una guerra civil y salvar al pueblo de Chile (lectura del héroe); Allende se suicidó para evitar sus responsabilidades políticas (lectura del cobarde). Esa diferencia de lecturas no es el problema. Si a Allende lo asesinaron, se acabó por la vía de la violencia con la democracia; si a Allende lo mataron, no hay salvación, sino terror. Más allá del heroísmo y la cobardía, hay terror y destrucción de la democracia, razón por la cual la tesis del suicidio se vuelve irrelevante (no es necesaria para restar legitimidad política la dictadura). El problema constitutivo, el problema de fondo es otro: ¿por qué la dictadura y sus sistema de poder no se adjudicó, incluso ya derrotados en su juego, la muerte del enemigo? ¿Por qué no se hicieron del discurso médico para estar de lado de la verdad?
Lo que está más al fondo de la tesis del suicidio es algo que no puede ser desmentido por hechos, ya que responde a una arquitectura teológica: Allende se suicidó, lo hizo con dos armas diferentes, recibiendo dos balas. Sólo Allende pudo hacer lo imposible, superar la diferencia ontológica que impone la verdad, precisamente porque "Allende" no es Allende. Creer que una persona es la responsable de la historia de un pueblo es la expresión de una lectura bruta y sin carácter: Allende no es más que la lectura que un pueblo hace de sí mismo, de su presente. Buscar hechos materiales en el pasado para derribar un mito expresa una incomprensión de lo que un mito es: la forma en que un pueblo se hace soberano, se otorga un origen y se da el derecho legítimo de leerse a sí mismo.
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